LA DOÑA MALENA


Zaragoza  es un pueblo minero. Hasta aquí llegan muchas putas atraídas por  la bonanza de la coca o  la fiebre del oro. Las recién llegadas aspiran rápidamente a  llenar la alcancía de su vientre y escapar. Pero Malena se quedó.  Armó un cambuche con letrina de porcelana y dedicó su vida entera a cobrar sus noches de polvos con polvo y llenar el socavón de sus orgasmos con pepitas de oro. Desvelos que compensaba las tardes del lunes frente al río tasando una y otra vez la fortuna acumulada, que no era más que una tinaja llena de recuerdos mezcla de coca, oro y semen. Quizá fue el oropel de esta fortuna lo que le impidió a la Doña Malena percatarse  de que los clientes hace mucho se habían ido, que había envejecido, que su piel tenía sabor a sentina, que su vulva era un dolor herrumbrado y que toda ella semejaba un sifón oxidado por orines.

Borges le pega clásico


Borges "le pega clásico"


El término "clásico" además de referir la época grecorromana, suele entenderse como algo que por ser de calidad superior se convierte en modelo a seguir, una especie de arquetipo de la perfección. En el ensayo Sobre los clásicos, incluido en el libro Otras inquisiciones, Borges habla de lo que él considera un clásico literario. Gracias a él comprendemos por qué cada pueblo o cultura tiene sus clásicos; por qué clásicos de otro tiempo han caído en el olvido, mientras que obras olvidadas han sido recuperadas para la posteridad. De allí que el argentino se  pregunte si seguirá siendo Fausto esencial para los alemanes, El Paraíso perdido para los ingleses o La Divina Comedia para los italianos. Pues, desde su perspectiva, siempre habrá lugar para la renovación del canon:


"(…) Para los alemanes y austríacos el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo Paraíso de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de Job, la Divina Comedia, Macbeth (y, para mí, algunas de las sagas del Norte) prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición. 

No tengo vocación de iconoclasta. Hacia el año treinta creía, bajo el influjo de Macedonio Fernández, que la belleza es privilegio de unos pocos autores; ahora sé que es común y que está acechándonos en las casuales páginas del mediocre o en un diálogo callejero. Así, mi desconocimiento de las letras malayas o húngaras es total, pero estoy seguro de que si el tiempo me deparara la ocasión de su estudio, encontraría en ellas todos los alimentos que requiere el espíritu. Además de las barreras lingüísticas intervienen las políticas o geográficas. Burns es un clásico en Escocia; al sur del Tweed interesa menos que Dunbar o Stevenson. La gloria de un poeta depende, en suma, de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas. 

Las emociones que la literatura suscita son quizá eternas, pero los medios deben constantemente variar, siquiera de un modo levísimo, para no perder su virtud. Se gastan a medida que los reconoce el lector. De ahí el peligro de afirmar que existen obras clásicas y que lo serán para siempre. Cada cual descree de su arte y de sus artificios. Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad". (1952: 232-233)


Podemos decir entonces en términos generales que el calificativo de clásico se deslinda de lo meramente tradicional, de la pretensión de universalidad  o del goce perenne de glorias pasadas. Aunque también cabe preguntarse: ¿Son las obras mencionadas por Borges nuestros clásicos? ¿Lo son por el hecho de serlo para esas naciones? Pero bueno, ese es otro asunto.

Continuando pues con los atributos que podrían caracterizar lo clásico, vemos cómo en la cotidianidad el término se usa para referir el valor significativo de un carro, una canción, encuentros deportivos, chistes, películas e incluso se utiliza como sinónimo de reconocimiento. Por ejemplo, en la ciudad de Buenaventura cuando alguien hace algo que merece admiración, sea por su forma de vestir, la preparación de una comida o el ingenio en una frase, los jóvenes celebran diciendo: "Le pegó clásico". Lo interesante de la frase no radica en su intento por definir lo clásico, sino por su  planteamiento de lo clásico como la relación entre el que ejecuta la acción y quien reconoce su mérito. Con los bonaverenses se hace evidente que siempre es necesaria la fervorosa complicidad de un público para que algo merezca el apelativo de clásico. Es por eso, a mi modo de ver, que  Borges en su visión de qué es un clásico, valga la redundancia, le pega clásico:

“Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas  todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían” (1952: 232)

En ese sentido, pese a que hoy Borges es ya un clásico podemos imaginar que sólo seguirá siéndolo -en sus propias palabras- cuando en un futuro “(…) los hombres, urgidos por diversas razones, lo lean con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. (1952:233)

Ya para terminar, quisiera volver a una vieja pregunta: ¿Por qué tantos autores recurren una y otra vez a los clásicos para re-escribir sus textos? La cuestión, tan simple como compleja, contribuye a corroborar algunos de los atributos fundamentales de los clásicos. Se vuelve a ellos por ser un portal hacia las metáforas de siempre; una invitación a "entonarlas" en nuevos registros. Pues en suma, un clásico es toda forma artística cuya infinita capacidad de reinventarse es puesta a prueba por cada tiempo y sus gentes. Sin olvidar, claro está, que pese a que algunos clásicos parecen inmortales, sabemos que la etiqueta de “clásico” tiene fecha de vencimiento.

Eugenio Gómez Borrero
03-08-2013



A propósito de Kafka


A propósito de Kafka
   Por Eugenio Gómez Borrero.

Cuando en 1915 el editor  le envía los dibujos de Ottomar Starke para la portada de la Metamorfosis, Kafka reacciona de forma tajante:    (Carta a Kurt Wolff del 25 de octubre de 1915 citada en La Metamorfosis y otros relatos,  1988, pág. 51)  El autor propone como contrapropuesta  imágenes de los padres y el apoderado ante la puerta cerrada o los padres y la hermana en el comedor con la puerta de la habitación de Gregorio Samsa,  pero,  en completa  oscuridad.

Esa oscuridad sugerida  para la portada del libro no es solamente una cuestión de diseño, es a mi modo de ver la forma narrativa escogida de Kafka para explorar la existencia humana. Es por eso que la descripción del insecto interesa menos por la fidelidad descriptiva que por la vaguedad que sugiere.  Esa opacidad invita al lector a imaginar mil variantes del aspecto físico de Gregorio Samsa, pero centrando su atención en sus procesos anímicos.  Transformación espiritual que es en síntesis la verdadera metamorfosis: la pesadilla del el ojo abierto y el morir despacio.  De esta forma Kafka consigue interesarnos más en la oscuridad del alma humana que en  el monstruo que la habita.

Cabe agregar que Kafka al igual que Samsa también fue un “bicho raro”, una especie de extranjero en tierra propia “Creció en un cruce de culturas no siempre compatibles, obligado a ser él mismo y sin posibilidades de integración plena en ninguna de ellas”.  Imposibilidad que corrobora la distancia geográfica de Praga con respecto a los centros culturales del Imperio, que podrían fundamentar –si quisiéramos- cierto aislamiento en su desarrollo cultural, sin contar  su  particular condición de judío, que ante la amenaza nazi  tal vez lo llevó a encerrarse en el mismo cuarto de Gregorio.

Pero su calidad de  bicho raro no le quita  lo genial. La pragmaticidad en  su palabra escrita -recordemos que es doctor en Derecho- en conjunto con la opacidad de su lenguaje narrativo, hacen de Kafka un maestro de lo sugerido, de lo inacabado; aunque para muchos dicha cualidad podría ser interpretada como negligencia técnica. No obstante, esta aparente incompletud en los textos de Kafka lo convierten -desde la perspectiva de la Estética de la Recepción- en un pionero  de la literatura moderna, la cual exige un lector activo que llene los ”huecos” de la obra,  que asuma el texto como  insumo  creativo, condición que le permite a la difusa obra de  Kafka  seguir funcionando como una piedra en el estanque interpretativo del receptor.

TEATRO INSTITUCIONAL




 "KAMURA" 

 IDEA ORIGINAL : ESTEBAN PATIÑO Y FERNANDO DAVILA 

 DRAMATURGIA: EUGENIO GOMEZ BORRERO 

Las Mil y Una Noches











La Cenicienta















ClownDestinos



El Clown es un creador, un provocador de emociones, de sentimientos, de sensaciones y especialmente de risa. El payaso hace reír con su visión del mundo y sus intentos de posarse por encima de sus fracasos. Es el niño que cuestiona  al  mundo del adulto, sin tabúes, sin prejuicios, sin malicia... 







El tema de la obra surge de una campaña institucional sobre "La Trata" de personas, realizado para La Organización Internacional de Migraciones (O.I.M.).  La campaña  denominada "Que nadie mate tus sueños (y que daba el nombre al montaje inicial), fue el punto de partida para la realización de un montaje de exploración sobre la estética del clown. Entre las agrupaciónes "Teatro del Valle Independiente" y  KANOVACHO PRODUCCIONES. El resultado fue CLOWNDESTINOS,  la tragicomedia de unos clowns que intentando cumplir el viaje de sus sueños  en la clandestinidad,  terminan por convertirlo en pesadilla.



 Ana María Gómez  




Manuel Viveros



Jorge Lopez  y  Luz Marina Arcos




Felipe Perez  y Ana María Gómez

Diego Burgos


Adriana BermudAez-Manuel-Luz Marina-Jorge

Ana 

Manuel-Adriana-Jorge

Los payasos y payasas con el Director

"YO"

En el mundo del Clown, el actor no representa, el actor es él, pero otro él (...)

Este ser-actor, inmerso en la  singularidad de su propio ser permite surgir o (mejor aun), intenta liberar su lado más ridículo. 

Asume  el riesgo y juega. Llena su sangre de  burbujas, de efervescencia su cerebro  y nos invita a reirnos de nosotros mismos.  A develar  con una carcajada las  más extrañas caras de  nuestro  verdadero ser. A no juzgar el lado más absurdo de nuestra humanidad. 

Y  en la paradoja de su intento 
el  clown puede tornarse :  
a veces tierno, 
a veces grotesco, 
a veces cáustico, 
a veces siniestro,
y a veces no se sabe... 
Porque un clown, haga lo que haga,
 siempre quiere lo mismo: 
Que lo quieran.